La primera vez en Chile

Posted on December 17, 2008 
Filed Under Historia de futbol

No es nuevo escuchar en el ambiente del fútbol uruguayo que antes se jugaba mejor, que jugadores de fútbol eran los de antes, que antes se ganaba en donde sea y a como diera lugar. La realidad marca que en las últimas dos décadas las hazañas parecen estar lejos y muchos echan esa culpa a la mala suerte.

Lo cierto es que los grandes logros del fútbol charrúa siempre tuvieron que disputar arduas batallas antes de alcanzar sus partidos decisivos. Y ese fue el caso del Peñarol que ganó la Copa Libertadores de América en 1966. Ese equipo del cual la mayoría de los fanáticos del fútbol hemos escuchado historias fantásticas de un juego insoslayable que logró ganar en donde tuvo que jugar.

La hazaña carbonera en esa copa no se remite únicamente a los partidos disputados en la serie final ante el River Plate argentino, toda la participación del conjunto aurinegro estuvo marcada por cotejos inolvidables para los memoriosos fanáticos de los colores oro y carbón.

Hoy te invitamos a conocer el camino recorrido por aquel equipo para terminar siendo el mejor del continente.

En 1965 Washington Cataldi presentó a la Confederación Sudamericana de Fútbol la iniciativa para que a partir de la siguiente edición del certamen continental participaran también los vicecampeones de cada país. Esto llevó a que la Copa aumentara en prestigio y número de equipos participantes, alcanzando así la cifra de 20.

La edición de 1966 fue la más larga de la historia, Peñarol tuvo que disputar 17 encuentros, entre ellos 4 ante su rival de todas las horas, para obtener el título que lo consagró como Rey de América.

Peñarol compartió el Grupo 3 junto al Club Nacional de Fútbol, Municipal y Jorge Wilstermann de Bolivia, y Emelec y 9 de Octubre de Ecuador.

La historia comenzó con dos duros reveses para Peñarol, una derrota ante el tradicional rival por un categórico 4 a 0 y otra en Cochabamba por 1-0 ante Jorge Wilstermann. Cuatro puntos perdidos y algunos que ya daban por muerto a un equipo que era considerado “de viejos” por muchos.

Los “viejitos” de Peñarol eran consientes de que ahora en más cada partido debía ser ganado a como diera lugar, se debería redoblar el esfuerzo, pero el final lo valdría. De visita aún quedaba jugar ante Nueve de Octubre y Emelec en el húmedo y caluroso Ecuador, y en la altura de La Paz ante Municipal.
Tres victorias pusieron a Peñarol nuevamente en carrera y la clasificación volvía a depender de cada resultado.

Ya en casa los rivales extranjeros fueron sorteados sin problemas por el conjunto aurinegro. Peñarol y Nacional ya clasificados a semifinales debían jugar la revancha clásica para cerrar el grupo.

Fue la noche del 20 de marzo en que Pedro Rocha no tuvo sombra, ni propia ni rival, que pudiera frenar su tifón futbolístico. Dos golazos suyos y otro de Joya hicieron que los “fantasmas” con que se había comenzado el certamen comenzaran a desaparecer.

De camino a la final Rocha era una parada asegurada

Por aquel entonces el reglamento disponía que si dos equipos de un mismo país clasificaban a los grupos semifinales, éstos debían integrarse en uno a fin de no cruzarse en la decisiva final.
De esta manera Peñarol y Nacional junto a la dura Universidad Católica de Chile conformaron uno de los grupos semifinalistas de aquel histórico certamen.

El primer partido en Chile fue una derrota por la mínima y con dos puntos en contra la situación se volvía a plantear difícil. El segundo cotejo era nuevamente contra Nacional y sería otra gloriosa noche para el talentoso Pedro Virgilio Rocha, quién se anotó los 3 goles con que su equipo venció rotundamente 3 a 0.

Nuevamente Rocha en el marcador y Joya anotaron los goles con que Peñarol le ganó 2 a 0 a los chilenos en el Centenario y lograba llegar al último partido clásico con la chance de definir quien sería el finalista de la Copa Libertadores de América.

En el decisivo partido apareció la figura de Julio César Abbadie para elaborar una jugada perfecta que dejara a Julio César Cortés de cara al gol con que Peñarol obtenía el pasaporte a las finales contra River Plate. Ese gol estuvo marcado por una gran polémica, debido a que Nacional practicaba el adelantamiento de la línea final en busca del off-side contrario.

Con 3 victorias consecutivas ante su rival histórico, Peñarol obtenía la fuerza anímica necesaria para obtener el cetro que un año antes había perdido asombrosamente ante Independiente de Argentina tras haber eliminado al Santos de Pelé en semifinales.

Pepitoria de gallina en Santiago

El 14 de mayo en Montevideo y el 18 en Buenos Aires estaban pactadas las dos finales ante River Plate, con la opción de una tercera a disputarse 48 horas después de la segunda en Santiago de Chile si fuese necesaria.

La primera final en Montevideo recuerda la categórica victoria del conjunto local por 2 a 0 con goles de Abbadie y Joya a los 29 y 72 minutos respectivamente.

Cuatro días después en Buenos Aires la delegación aurinegra se tuvo que enfrentar ante todo tipo de maniobras que intentaron perjudicar su rendimiento. El plantel aurinegro tuvo que arribar a Núñez en automóviles particulares y taxímetros, salir al campo de juego prácticamente sin realizar los ejercicios de calentamiento y disputar el encuentro con público en graderías improvisadas sobre la pista de atletismo del Estadio Monumental de Núñez. Peñarol perdió 3 a 2.

Finalmente se llegó al decisivo 20 de mayo de 1966 y los argentinos buscaban en los días previos que los “fantasmas” de la edad entrarán nuevamente en juego. Aseguraban que los “viejos” de Peñarol no podrían superar el cansancio y no lograrían recuperarse físicamente para el decisivo partido.

Lo que siguió todos lo conocemos. Un primer tiempo donde River Plate fue netamente superior y terminó imponiéndose con goles de Onega y Solari.
Al igual que en el máximo logro obtenido por el fútbol uruguayo en toda su historia, la victoria aurinegra fue gestada en el vestuario, donde la voz de sus caudillos (Goncálvez y Abbadie) generó que los corazones de sus compañeros se ensancharan y la vergüenza se transformara en rebeldía.

Peñarol saltó a la gramilla del Estadio Nacional para jugar el segundo tiempo con fuerza dominadora y a los 15’ Amadeo Carrizo, el arquero contrario, encendió la mecha de la furia carbonera al parar un balón largo con el pecho.

Siete minutos después Alberto Spencer, el máximo goleador histórico de la Copa Libertadores de América con 54 anotaciones, marcó el descuento. La arremetida aurinegra ya no tendría escollos y el segundo gol llegó luego de que Abbadie rematara con vehemencia y el balón rozara en el hombro de Matosas (River Plate).

Con ese empate Peñarol ya era el campeón por diferencia de goles, pero aún restaba disputar el alargue. La sensación era una sola, Peñarol ya era campeón.
A los 12’ del alargue nuevamente Alberto Spencer anotaba, en esta oportunidad se elevaba sobre dos defensas contrarios y ponía un certero testazo a un centro enviado por Forlán. Peñarol revertía el marcador, pero aún faltaba el gol del ídolo aurinegro, el jugador diferente, Pedro Virgilio Rocha. Y luego de éste, Carlos Solé inmortalizó un grito que todavía retumba en la memoria de muchos aurinegros: “Este partido está ganado y está ganado a lo macho”.

El grupo de 1966

• Ladislao Mazurkiewicz (arquero)
• Juan V. Lezcano (defensa)
• Néstor Goncálvez (mediocampista)
• Pablo Forlán (defensa)
• Omar Caetano (defensa)
• Juan Joya (delantero)
• Tabaré González (defensa)
• Nelson Díaz (defensa)
• Julio C. Cortés (mediocampista)
• Julio César Abbadie (delantero)
• Pedro V. Rocha (mediocampista)
• Héctor Silva (delantero)
• Alberto Spencer (delantero)
• Luís Varela (defensa)
• Enrique Alfano (mediocampista)
• Wilmar Etchechury (delantero)
• Walter Taibo (arquero)
• Miguel Reznik (delantero)
• Carlos Pérez (defensa)

Director Técnico: Roque Gastón Máspoli
Preparador Físico: Alberto Langlade

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